Revolución directa

Por Monsanto Argentina

El método que marcó un antes y un después en la agricultura. Te contamos todo sobre la siembra directa, y por qué es la clave de un campo más sustentable.

Es el eje central de la agricultura de conservación y una de las razones por las cuales se produjo una especie de revolución en el campo en la década del 70. ¿Por qué? Hasta ese entonces, los productores usaban el arado, una técnica milenaria que apareció en el año 3500 a.C., en Medio Oriente, y que consistía en usar un instrumento para labrar –o remover– la tierra antes de cosechar. Esto se hacía con el fin de preparar el suelo para el nuevo cultivo: con una herramienta conocida como arado, que era traccionado por un animal o por fuerza mecánica, se generaban surcos en el suelo que aireaban la tierra y removían los restos del cultivo anterior, dejando la tierra “limpia y en condiciones” para la próxima siembra. Cuando los productores, primero, en Estados Unidos y, luego, en Brasil, comenzaron a detectar que este método resecaba mucho el suelo y requería de más riego para hacerlo productivo, probaron con la siembra directa. Es decir, usar la tierra con los residuos de los cultivos anteriores para sembrar directamente sobre ella, sin necesidad de removerla.

Este descubrimiento marcó un hito en la historia de la agricultura: ahorró agua –los residuos de los cultivos anteriores ayudaban a darle más humedad al suelo– y permitió que áreas no cultivables –campos ganaderos, por ejemplo– se transformen en parcelas propicias para la agricultura. Además, los productores se dieron cuenta que, con este método, el suelo conservaba mejor su materia orgánica –compuesta por todos los organismos vivos y muertos que habitan en él y que le aportan nutrientes para mantenerse “sano” y combatir enfermedades y plagas. Esto permitía, a su vez, que el suelo se erosione un 90% menos que con el arado, y que conserve más agua –la materia orgánica retiene hasta seis veces su peso en agua–, esencial para mantenerse húmedo e ideal para cultivar.

Como si esto fuera poco, un suelo sano es uno de los mejores almacenes de carbono del mundo, y esto hace que se libere menos dióxido a la atmósfera, uno de los gases causantes del efecto invernadero y el calentamiento global.

¿Cuándo llegó esta nueva maravilla a la Argentina? Los primeros ensayos de siembra directa se hicieron en 1970, pero no fue hasta 1978/79 que se sembraron los primeros lotes de soja sobre trigo sin arar. Pronto, muchos productores se sumaron a la nueva metodología y fundaron, casi una década después, la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid).

Pero, como en todo relato, siembre hay obstáculos y, en ese entonces, las dificultades técnicas preocupaban a los productores: ¿cómo se controlan las malezas que abundan por los desechos de otras cosechas?, ¿las sembradoras existentes sirven para trabajar sobre un suelo con residuos?

La tecnología apareció como la heroína que solucionó estos problemas. Primero, de la mano de los cultivos biotecnológicos, resistentes a los cambios climáticos y a los herbicidas: con la llegada de la soja Roundup Ready (RR) a mediados de los 90, los productores pudieron cultivar y, al mismo tiempo, combatir las malezas porque podían usar productos como el glifosato sin afectar a sus cultivos. Los fertilizantes también acompañaron este proceso porque ayudaron a mantener el suelo fértil, aportando los nutrientes que necesita de forma rápida y efectiva. Con todos estos avances y, al poco tiempo de su llegada al país, la siembra directa ocupaba el 90% de la superficie cultivable nacional.

Segundo,  pioneros en Argentina  inventaron las primeras sembradoras para siembra directa, máquinas con una cuchilla ondulada, diferente a la que tenían las sembradoras comunes, que permitía que la misma no se atasque cuando insertaba la semilla en un suelo con residuos.

Algún tiempo después, la Argentina se posicionaba como líder en el mercado, exportando sus sembradoras de siembra directa a distintos países del mundo.

¿Un final feliz? Sí. La siembra directa marcó el camino hacia una agricultura más sustentable y armónica con la naturaleza. Preserva los recursos naturales, como el suelo y el agua, y genera más y mejores alimentos para una población que continua en rápido crecimiento. Una revolución directa.

Los que trabajamos en el campo junto a los productores nos esforzamos por cuidar los alimentos, aportando nuestro conocimiento para generar más, respetando el medioambiente y usando sus recursos de una manera más eficiente. La siembra directa marcó un camino clave para un campo más sustentable. Acompañamos este cambio y vamos por más, investigando, aportando nuevas tecnologías y pensando en un futuro más armónico con la naturaleza. El campo se mueve y nosotros también. ¡Conocé por qué somos parte de la agricultura moderna!

 

Fuentes:

FAO

INTA

Diario La Nación

 

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